GLENDA ROSERO ANDRADE
Artista multidisciplinar
Cerámica - ilustración - arte y maternidad
REPÚBLICA DE ORDINARIA
La República de Ordinaria es una nación ficticia que emerge desde el interior del hogar. Es un territorio político, donde las tareas domésticas -históricamente invisiblizadas- se erigen en fundamentos de identidad, soberanía y memoria. Es concebida como una república simbólica donde se resignifica el espacio cotidiano y reproductivo, en contraste a las gestas decimonónicas que exaltaron expediciones y paisajes externos. Se diferencia en su narrativa, en la que el cuidado, la limpieza, la cocina y el orden se convierten en actos fundacionales. En este país imaginario, el habitar se construye en la práctica del cuidado compartido y la corresponsabiidad, reivindicando lo doméstico como centro de lo público y lo político.

Bandera de República de Ordinaria
FUNDACIÓN
República de Ordinaria fue proclamada el día en que las labores invisibles del interior del hogar decidieron tomar voz. Para ello no hubo batallas campales en las faldas de volcanes ni firmas solemnes en haciendas delante de patriotas: su independencia se declaró al calor del fogón, cuando las manos que mecían el interior de la olla, tendían las ropa mojada al sol y cambiaban pañales resolvieron reconocerse como cuerpo soberano.
Desde ese momento, lo cotidiano emergió como fundamento de una nación diferente a las demás, donde lo común y lo rutinario se erigen como la verdadera fuerza constitutiva.
GEOGRAFÍA
A diferencia de los demás países conocidos, la geografía de República de Ordinaria se extiende sobre habitaciones, patios y cocinas, dejando de lado las cordilleras y ríos que describen otros territorios a los que estamos habituados. Sus montañas son una pila de ropa; sus ríos, las aguas que corren en fregaderos y baldes; sus llanuras son los suelos que se barren cada mañana. El territorio doméstico está hecho de espacios interiores que aunque han sido invisibilizados en mapas oficiales, han formado parte de la vida de generaciones enteras.
Los exploradores de antaño, que recorrieron selvas y volcanes, pasaron por algo este territorio íntimo pero completo. Por eso, ha sido necesario levantar un mapa distinto, donde cada cama tendida y cada mesa servida con los alimentos generados en su interior, adquieran el mismo rango cartográfico que un valle o un lago. Así, la República de Ordinaria inscribió su geografía en el archivo de la memoria de cada uno de sus habitantes.
GESTA REPUBLICANA
Mientras que en el siglo XIX, las noveles repúblicas latinoamericanas erigían estatuas y monumentos a sus próceres, República de Ordinaria construía sus propios archivos: lista de compras, inventarios de menaje, catálogos de canciones de cuna y cuadernos con recetas. Al mismo tiempo que los ilustradores decimonónicos llevaban a cabo expediciones para registrar paisajes de países lejanos, las habitantes de Ordinaria documentaban y transmitían de generación en generación los ciclos de la vida doméstica.
Su gesta republicana se libró en cocinas, patios y corredores. La resistencia de sus heroínas se expresó en la constancia de los cuidados, en la preservación de lo cotidiano como memoria, y en la persistencia de los cuerpos que, sin reconocimiento, sostuvieron el proyecto de comunidad.
HABITANTES
En la actutalidad, la República de Ordinaria reconoce que su futuro depende de la corresponsablidad. Si bien en un inicio, sus cimientos fueron levantados por manos femeninas, hoy el territorio doméstico pertenece a todas las personas que lo habitan que comparten la tarea de sostener la vida, asumiendo que el cuidado no tiene género ni jerarquía, sino valor colectivo.
Por tanto, la nación ordinaria se construye en la práctica del reparto justo: lavar los platos, acompañar en las tareas escolares, barrer los pisos o cocinar los alimentos son actos de un habitar compartido. En este presente, la República se proyecta hacia el porvenir como un espacio donde la equidad se ejerce en lo cotidiano.
OBRAS
Capítulos que se le olvidaron a Pinto
A fines del siglo XVIII y durante la primera mitad del siglo XIX, las expediciones científicas eran registradas a través de pintores que representaban visualmente los territorios. En Ecuador, el retrato de la población aportó a la construcción identitaria de la Patria, a través de la mirada documental, positivista y narrativa de los artistas de la época. Nuestra identidad se basa en personajes y paisajes observados desde lo público, excluyendo de forma implícita los territorios domésticos y sus labores. La historia ha negado la posibilidad de construirse desde el registro del interior, pese a que este, indudablemente, sostiene al afuera.
Durante el siglo XIX, los viajes realizados por expedicionarios traían consigo dibujos y recolección de elementos cuyo objetivo era mostrar los modos de habitar y los ecosistemas de la otredad. Esta labor ilustrativa, acompañada de la observación minuciosa de lo cotidiano caracteriza el camino hacia la solidificación del plan colonizador y la modernidad. Los registros y archivos generados de las interpretaciones de los viajeros constituyen, en la actualidad, una memoria de aquella forma de concebir la realidad y de comprender los cambios que conlleva el paso del tiempo. Estos registros que se han llevado a cabo en terrenos de lo productivo –y mayoritariamente por manos masculinas- se han reconocido a favor de la ciencia. A la par, en los terrenos de lo doméstico, la recolección de datos de los habitantes de una familia, el registro de su crecimiento y la conformación de su cotidiano no obtiene la misma valorización que aquella ejercida en los terrenos ajenos a lo privado. El archivo familiar, elaborado en su generalidad por manos femeninas, forma parte de lo íntimo y, con ello, de lo no productivo causando un abismo entre ambas labores de acopio de información.




Capítulos que se le olvidaron a Pinto (Serie)
Acuarela
2022
